JUNIO 2026: HERIDAS INVISIBLES (EL IMPACTO REAL DE LA VIOLENCIA INFANTIL)
A veces, una historia puede lustrar lo que ocurre en muchos colegios, pero que pasa inadvertido. Esta es la historia que os proponemos:
“Alberto tiene 9 años y una fuerza tan grande como su mal humor. En el recreo, Alberto no jugaba a la pelota; la pateaba lejos para que nadie más pudiera usarla. No pedía las cosas; las arrebataba. Sus compañeros le tenían miedo y, poco a poco, el patio se quedaba en silencio cada vez que él aparecía.
Un día, Alberto intentó quitarle un dibujo a Mía, la niña más tranquila de la clase. Ella, en lugar de llorar o salir corriendo, lo miró a los ojos y le preguntó: «¿Por qué estás siempre tan enfadado, Alberto? Este dibujo no es nada, no significa nada ni para mí, ni para ti. Alberto, es solo es un papel».
Alberto se quedó paralizado. Nadie le había preguntado eso nunca. La verdad es que siempre se sentía solo y pensaba que ser fuerte era la única forma de que le hicieran caso. Era cuestión de llamar la atención.
Esa tarde, en lugar de empujar a nadie, ni de estrellar la pelota contra alguien, se sentó al lado de Mía. Ella le dio un color azul y, por primera vez, Alberto no usó sus manos para golpear, sino para pintar un cielo tranquilo.
Poco a poco, aprendió que los gritos alejan a la gente, pero las palabras —y un poco de paciencia con la forma de ser de los demás— construyen amigos.”
La violencia en los niños está en alza, es un fenómeno complejo que conlleva detrás de sí muchas causa, a menudo ligadas a la exposición que tienen los niños en entornos familiares que no les favorece, por ejemplo familias donde el consumo de alcohol de los padres es habitual, o donde las respuestas agresivas sin frecuentes. Pero también podría ocurrir que los adultos de otros entornos (sociales, escolares) sean agresivos, con ellos o con otras personas, generando en los niños conductas de imitación.
Otra posibilidad es que tengan falta de regulación emocional y ausencia de figuras de autoridad, que estén solos una parte significativa del tiempo expuestos a la violencia de personas ajenas a la familia a través de las redes sociales o los videojuegos.
No podemos pasar por alto el impacto que ciertas situaciones, como la pandemia y el confinamiento, ha dejado en tantas familias. Una clara huella ha quedado grabada en el carácter, en el alma de tantos niños que se han visto obligados a “soportar “una convivencia obligatoria y cerrada en momentos en que los adultos se veían desbordados.
Los niños que sufren o presencian maltrato físico, psicológico, emocional o violencia de género en el hogar tienden a replicar estas conductas con sus compañeros, convirtiéndose ellos mismos en auténticos agresores. Es una frase que contiene una realidad cada vez más cercana a nuestras vidas: “los niños ven, los niños hacen”. Cualquier niño que es expuesto a la violencia en su infancia, arrastrará unas heridas demasiado profundas que pueden llegar a marcar sus vidas para siempre.
No podemos obviar la influencia que genera en nuestros niños las nuevas maneras de violencia digital, tanto en los juegos cada vez más belicosos y agresivos como el aumento masivo de la violencia sexual en las redes sociales. Nuestros niños están siendo bombardeados por ciberacoso digital, sin que existan límites, sin protección personal y sin que hayan sido protegidos en sus propios hogares.
Esa exposición constante a contenidos violentos en internet, en las redes sociales y en los videojuegos, tan al alcance de la mano, puede normalizar la agresividad en los niños, ya que ven en ella una actitud habitual en su entorno, nos les choca, están siendo acostumbrados. El incremento de Bullying, de violencia entre iguales y la violencia de género se va manifestando cada vez más deprisa y en edades más tempranas. El aumento del Bullying, del acoso escolar, es una forma de violencia que suele ocurrir cuando no hay supervisión adulta, perpetuando ciclos de violencia en entornos educativos y también, porque no decirlo, familiares.
Los niños se hacen hostiles, ofensivos y provocadores por la falta de educación de su afectividad, por dejarles crecer con los sentimientos descontrolados y por la inmadurez que construimos a su alrededor cuando no les damos lo necesario para combatir esa otra pandemia que es la escasez de atención y de amor. Es así cuando les falta las herramientas que les ayuden a autorregularse.
Los niños más pequeños experimentan intensas frustraciones en el día a día que surgen con normalidad, pero al carecer de habilidades lingüísticas y estrategias para gestionar sus emociones, reaccionan con golpes o mordiscos a los demás; si no pueden verbalizar lo que les pasa, su vía de escape es solo física. Es como si el cuerpo respondiera por ellos. Muchas veces, morder es una manera de liberar la tensión profunda que tiene cuando no son entendidos, comprendidos, o simplemente cuando no aceptan un no por respuesta. Estas actitudes son pasajeras, no actúan por maldad, sino por tensión acumulada en su interior.
En el libro “El arte de aprender a amar” Juanjo Javaloyes, argumenta que la violencia suele aparecer cuando el niño no sabe identificar, nombrar ni gobernar sus propias emociones. Si el entorno familiar no le enseña a canalizar la frustración o el enfado de manera constructiva, el menor recurre a la agresividad física o verbal como el único mecanismo disponible para liberar su tensión
¿Cómo podemos abordar estas situaciones desde el hogar y la escuela?
La prevención es clave y pasa por educar en entornos respetuosos, libres de violencia y seguros, fomentando la empatía y la gestión emocional desde edades tempranas. Es el amor y la atención de los padres el mejor antídoto.
Multitud de estudios señalan que la violencia, en su mayor parte, es un comportamiento aprendido, ya sea por observación del entorno, o por una afectividad no cubierta. Pero de la misma manera que se aprende, puede desaprenderse y modificarse por una respuesta más adecuada.
En el ambiente familiar es fundamental evitar los insultos, los gritos y los castigos físicos. Los conflictos familiares, que surgen con normalidad en cualquier hogar, se pueden resolver de forma tranquila, hablando, escuchando; nunca gritando.
El cariño y el amor que reciben en la familia tiene un efecto de sanación ante las heridas invisibles que tienen los niños. Somos los adultos los primeros que debemos desactivar de nuestro comportamiento respuestas agresivas que puedan inducir a la lucha, al enredo, a la rabia, a la desesperanza… solo en un entorno seguro , donde los niños se sientan seguros, amados , comprendidos y exigidos con cariño, podrán crecer armónicamente y reparar y cuidar el corazón.
Según el enfoque pedagógico de Juan José Javaloyes, los niños no son violentos por naturaleza, sino que” la agresividad infantil surge como síntoma de un déficit en la educación emocional, la falta de límites claros y la sobreexposición a estímulos negativos”
Hacemos nuestras unas palabras de UNICEF, que explican a la perfección lo que queremos trasmitir en este artículo: “Educar a los niños con amor y con respeto no solo les enseña a no ser violentos, sino que les demuestra con el ejemplo que el diálogo, la paciencia y la ternura son las herramientas más poderosas para transformar el mundo”.
Bibliografía
- “Libertad y tolerancia en una sociedad plural” (Editorial Palabra) Alfonso Aguiló.
- Cómo evitar la violencia en menores. Hacer Familia. María Solano
- Sobre el mimo y el maltrato:
https://www.interrogantes.net/francisco-j-mendiguchia-del-mimo-al-maltrato/
“El arte de aprender a amar” . (Editorial Palabra). Juanjo Javaloyes



