En la primera infancia se configuran los fundamentos del Desarrollo Armónico de la Identidad Personal (DAIP). En estos años, el niño comienza a construir una vivencia básica de sí mismo, de los otros y del mundo. Esta construcción es principalmente experiencial: se forja a través de relaciones significativas que integran afectividad, conducta y sentido.
El apego seguro no es solo un vínculo emocional, sino el primer soporte de la identidad personal. Cuando el niño experimenta adultos disponibles, estables y acogedores, se consolida en él una percepción nuclear: “soy valioso, soy querido y el mundo es un lugar confiable”. Esta base afectiva posibilita el despliegue progresivo de la exploración (dimensión cognitiva), la regulación emocional (dimensión afectiva) y la apertura a los demás.
Son muchos -y cuando digo muchos, es muchos-, los padres que achacan el bajo rendimiento o la apatía de sus hijos a falta de motivación. Cuando me plantean esto, siempre les pregunto al tipo de motivación al que se refieren, si a la extrínseca o exterior o a la intrínseca o interior de cada persona. Según sea su respuesta, trabajo de una u otra forma con esa familia.
Son muchas las ocasiones en la sociedad de hoy en día, en las que se percibe la pérdida del sentido común a la hora de educar. Para que el niño no sufra, se le consiente mucho. Es algo que no ocurre siempre, pero cada vez se ve menos a padres ue consiguen educar a sus hijos con sentido común, disciplina, esfuerzo y a la vez, con mucho cariño.
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