Cinderella man narra la historia del campeón mundial de los pesos pesados James J. Braddock y de su familia en la época de la Gran Depresión de 1929 en Estados Unidos. La cinta, protagonizada por Russell Crowe y Renée Zellweger, comienza con los primeros años del feliz matrimonio formado por James y Mae. La pareja y sus pequeños vástagos disfrutan de una fantástica mansión, con servicio doméstico, gracias a los ingresos que obtuvo Braddock durante sus tiempos de éxito.
Durante la adolescencia, el cerebro cambia, evoluciona, se renueva… Y estos cambios biológicos tienen mucho que ver con los cambios actitudinales que podemos percibir en los adolescentes.
Somos seres esencialmente sociales. Todos sabemos que eso significa no solamente que no estamos solos, sino que nos fijamos en los demás, intentamos encajar, primero en un entorno cercano y más adelante conociendo un entorno más grande a medida que crecemos. Es especialmente en los años de la adolescencia cuando nos fijamos en los que tenemos alrededor, dándose la paradoja de querer ser “como todos” tus amigos a la vez que absolutamente único.
A veces, el adolescente se siente inseguro, intenta mantener un “perfil bajo” para que nadie se fije en él, pero en ocasiones eso pasa por dejar de ser él mismo, dejar de decir lo que diría o dejar de vestir como vestiría si pudiera mostrarse tal y como es.
Es curioso que esto pase mucho a los adolescentes cuando, en realidad, más que la masa homogénea, valoran las notas de color diferentes, esa gente con personalidad que sabe ser fiel a ella misma en un entorno hostil a la diferencia.
Yo soy Sam es una de esas películas que hay que ver, al menos, una vez en la vida. En primer lugar, porque tanto el reparto como las interpretaciones son grandiosas (enorme Sean Penn dando vida a Sam). Y, en segundo lugar, porque es una película que, a pesar de su dureza y dramatismo, te llena de esperanza y de amor.
La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo.
(León XIV. Magnifica Humanitas, 2026)
La incursión de la IA en nuestras vidas, de una forma distinta a cómo la conocíamos, ha sido relativamente rápida. Tanto es así que hasta hace poco apenas formaba parte de nuestro día a día, pero ahora se nos antoja una herramienta imprescindible que invade, cada vez más, nuestra vida cotidiana.
Uno de los ámbitos en los que con más virulencia han aterrizado Apps como ChatGPT o Gemini es, sin duda, el educativo. Aun siendo conscientes de la amplitud de beneficios y posibilidades que la IA ofrece, padres y profesores apenas hemos tenido capacidad de reacción ante este tsunami tecnológico. El Papa León nos explica que “por eso el progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue”. (Magnifica Humanitas).
“El tiempo que dedicamos a leer en voz alta es un tiempo que no puede compararse con ningún otro. Cuando una persona le lee a otra se da una alquimia milagrosa que convierte las cosas corrientes de la vida -un libro, una voz, un lugar donde sentarse y un poco de tiempo -en una energía extraordinaria para el corazón, la mente y la imaginación”. Así comienza este libro de Meghan Cox Gurdon, donde la autora describe los beneficios cognitivos y emocionales de la lectura en voz alta a cualquier edad.
Nuestros hijos están llenos de vitalidad, curiosidad y ganas de aprender. Debido a su impulsividad, quieren obtener respuestas a sus preguntas con inmediatez y, en ocasiones, caemos en la trampa de darles las respuestas sin favorecer su reflexión. Sin embargo, no podemos hacer nosotros todo el trabajo, tenemos que orientarles para que sean ellos los que vayan resolviendo, con nuestra ayuda, los interrogantes que les van a ir surgiendo durante su desarrollo.
Enseñarles a pensar de forma crítica va a resultar fundamental para su crecimiento personal, social y académico.
Dentro del mundo del adolescente podemos observar que, en muchas ocasiones, hay que repetirles las cosas constantemente. Aparentemente están apáticos sobre lo que se les dice, ¿pero realmente es así? En algunas circunstancias parece que, cuando nos dirigimos a ellos, solo entienden lo que quieren entender, es decir, se quedan con el mensaje que más les conviene. Es complicado saber qué se les pasa por la cabeza y por qué no priorizan las cosas como nosotros, adultos, que tenemos la lógica por bandera.
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