ENERO 2026: ¡ALEGRES!
Una de las ansias del corazón humano, con la que nacemos “programados”, es la felicidad. Todos queremos ser felices. A menudo el hombre, a cualquier edad, se mueve y toma decisiones pensando en la felicidad que le proporciona, a corto o a largo plazo.
Pero, en ocasiones, nos engañamos y confundimos la felicidad con el placer, o con la falta de esfuerzo. Es importante, especialmente en la adolescencia, aprender a discernir lo que ayuda a crecer y ser feliz, lo que me proporciona una satisfacción momentánea pero no tiene más recorrido, y lo que me impedirá el crecimiento a largo plazo y me hará infeliz.
La adolescencia es un momento de inestabilidad emocional importante, uno de los retos de los adolescentes es precisamente llegar a conocer y gestionar su mundo interior. La mejor que podemos hacer por ellos es ayudarles a reconocer que, cuando las cosas no salen bien, también podemos ser muy felices, porque las situaciones de éxito o fracaso normalmente son pasajeras. Un adolescente que ha hecho todo lo que ha podido para sacar una buena nota en un examen debe aprender que la satisfacción del trabajo bien hecho da una alegría más duradera, que el esfuerzo merece la pena y que las cosas importantes de la vida requieren dedicación y trabajo y finalmente dan fruto.
Por parte de los educadores es buen momento para incidir en la idea de que la auténtica alegría no viene dada por lo que todos consideran un éxito. La verdadera alegría se vive con serenidad cuando uno conoce el sentido profundo de la existencia y actúa libremente en consecuencia. Y si alguna característica tiene la adolescencia es que -sin duda- es una etapa de grandes ideales. En muchísimas ocasiones los adolescentes son quienes nos llevan la delantera en ayudar a quien lo necesita, en campañas de ayuda, en imaginación sobre cómo podemos sacar adelante alguna iniciativa de voluntariado. Aprendamos de ellos y animémoslos a dedicar su tiempo y esfuerzos en esos grandes ideales.
Al final, lo que queremos que nuestros jóvenes interioricen es que se es feliz por el amor, el que recibimos y el que damos. Pueden ser felices porque son queridos en todas las situaciones, incluso en las que corresponde una consecuencia negativa debido a su comportamiento, falta de estudio, o cualquier otra situación de la vida diaria. Recordarles que no son juzgados por las cosas que consiguen hacer. Nunca son juzgados, son acompañados y queridos. Si tienen habilidades, es fantástico, un don de Dios, pero ese no es el motivo por el que se les ama, sino por ser quienes son, con sus defectos y virtudes. Hay que recordárselo en la adolescencia incluso más que en la infancia, porque es una época en la que aumenta la comparación con los demás y en la búsqueda de la perfección personal les puede hundir.
No existen fórmulas mágicas para tal labor, pero en cualquier caso propongo algunos consejos y experiencias que me han servido por si os pueden ayudar en esta tarea.
•Ser ejemplo. Estar contento, aunque no siempre se note. Esto implica darle vueltas de vez en cuando a la realidad de nuestra vida, que somos hijos de Dios, e intentar contagiar la alegría de saberse amado. En esto, cuando uno reza, la visión de las cosas de la vida cotidiana, y no tan cotidiana, mejora notablemente. Y lo notan.
•Estar cerca y observar. El contacto frecuente entre padres y profesores ayuda muchísimo a ver cuáles son las realidades que nuestros adolescentes tienen alrededor y poder atajar cualquier situación de soledad, autoestima o comparación con otros. Quizá a veces necesitan ser un poco más escuchados, o que les ayuden a quitarse el móvil de en medio porque es una fuente de conflictos para muchos.
•Procurar ayudarles a planificar el tiempo de ocio para que se pongan pequeños retos, ahora por ejemplo en el verano que pronto comienza. Marcar los horarios, preguntarles en qué les gustaría aprender, ponerse retos. Porque cuando uno intenta mejorar, y es acompañado, la satisfacción le hace indiferente al desánimo.
•Voluntariado. Poner en situación de ayudar a los demás hace valorar la vida propia, agradeciendo lo que uno tiene.
•Fomentar el sentido del humor, hacer reír a los que tenemos cerca, desdramatizar lo que se pueda, ayuda a que la alegría reine en casa.
El Papa Francisco explica en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista, que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda superflua de placeres superficiales, de la conciencia aislada”.
Esa vida aislada, insatisfecha, no es la que Dios quiere para nosotros. Él es nuestra fuente de alegría y debemos transmitir a los hijos y alumnos que nuestra alegría profunda se basa en esa verdad.
Se puede pensar que quizá en estas edades son demasiado inmaduros para interiorizar esa realidad: que Dios nos ama profundamente a cada uno desde toda la eternidad; pero tenemos sobrados ejemplos de adolescentes que dejaron en el mundo un testimonio impagable de la vida como hijos de Dios, alegres y esperanzados, en la enfermedad y en las contrariedades, como el reciente santo, Carlo Acutis. Este es el ejemplo de vida que también nosotros, como educadores y padres debemos transmitir.





