Yo soy Sam es una de esas películas que hay que ver, al menos, una vez en la vida. En primer lugar, porque tanto el reparto como las interpretaciones son grandiosas (enorme Sean Penn dando vida a Sam). Y, en segundo lugar, porque es una película que, a pesar de su dureza y dramatismo, te llena de esperanza y de amor.
En los últimos años, la problemática del acoso escolar ha sufrido, sin duda, una creciente relevancia en los colegios e institutos de nuestro país. No es, por tanto, casualidad que haya sido un tema abordado en el imaginario cultural de manera reiterada. Novelas como Invisible, de Eloy Moreno, o series como Adolescencia, de Philip Barantini, son algunos ejemplos. Porque ¿qué es el cine y la literatura, sino un espejo donde reflejar las luces y las sombras del ser humano?
Las obras antes mencionadas nos permiten, como lectores y espectadores, ponernos en la piel, tanto de la víctima como del agresor, así como en la de sus respectivas familias. Porque una de las características más evidentes del acoso escolar es que todas las partes implicadas sufren daños, de una forma u otra, antes o después, sin que ninguna de ellas salga indemne.
Los trastornos de conducta alimentaria (TCA) “son un conjunto de alteraciones graves relacionadas con la ingesta de comida cuyo origen se encuentra en múltiples factores”. En uno de sus boletines sobre salud mental, el Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid, recoge la siguiente afirmación de la OMS: “Los trastornos de conducta alimentaria como la bulimia o la anorexia tienen asociados una mortalidad superior a la de cualquier otro trastorno mental”. Es sabido que el estrés afecta en mayor medida al cerebro adolescente, por lo que los trastornos asociados a la ansiedad, como es el caso de los TCA, tienen su origen, en gran parte, durante esta etapa del desarrollo de la persona. Estos trastornos, además, “tienen mayor incidencia en las niñas y en ellas, aparecen antes”.
Yo soy Sam es una de esas películas que hay que ver, al menos, una vez en la vida. En primer lugar, porque tanto el reparto como las interpretaciones son grandiosas (enorme Sean Penn dando vida a Sam). Y, en segundo lugar, porque es una película que, a pesar de su dureza y dramatismo, te llena de esperanza y de amor.
Esta película es todo un clásico del cine. Resulta imprescindible verla, al menos, una vez en la vida y recomendable volver a verla cada cierto tiempo, especialmente en navidad o cuando tenemos una temporada de desánimo, en la que pensamos que nuestro esfuerzo en la vida es en vano.
Este Sitio Web utiliza Cookies analíticas para mejorar nuestros servicios y la experiencia del usuario. Al navegar en el Sitio Web o interactuar en el mismo, aceptas el uso de estas Cookies.No obstante, puedes cambiar la configuración de Cookies en cualquier momento. Más Información